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La violencia contra la mujer en Brasil: Un breve recorrido histórico

Según lo divulgado en la página de noticias de la Agência Senado, 3,7 millones de brasileñas sufrieron algún tipo de violencia doméstica o familiar en 2025, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Violencia contra la Mujer. Además, el informe Retrato dos Feminicídios no Brasil, publicado por el Foro Brasileño de Seguridad Pública, señala que, solamente en 2025, 1.568 mujeres fueron víctimas de feminicidio en Brasil. Los datos son alarmantes y demuestran la fuerza de la violencia de género en el país.

La estructura de la opresión y de la violencia contra la mujer en Brasil se formó desde la colonización, por medio de las influencias de las tradiciones patriarcales ibéricas traídas por los colonizadores. En ese modelo social, los roles de género estaban bien definidos, siendo la mujer siempre sumisa al hombre. La base familiar estaba formada por el núcleo padre, madre e hijos legítimos, pero también por agregados, como concubinas, hijos ilegítimos, además de trabajadores y esclavizados, que estaban todos bajo el control del patriarca. El ejercicio de ese dominio y poder poseía diversas facetas, pues el papel de la mujer y, en consecuencia, el tipo de opresión al que estaba sometida también estaban atravesados por su etnia.

Las mujeres blancas eran vistas como frágiles y pasivas; estaban destinadas al matrimonio y al ambiente doméstico, cumpliendo el papel de engendrar herederos para el marido, cuidar de la casa y de la prole, y se esperaba de ellas recato y obediencia al marido. Las mujeres negras e indígenas, en cambio, eran vistas de forma hipersexualizada y casi animalesca, y se les imponían no solamente arduas actividades laborales, sino también la obligación de satisfacer los deseos carnales de los hombres blancos. El abuso sexual estaba normalizado: por un lado, las esposas que debían cumplir las obligaciones matrimoniales para generar descendencia, independientemente de su voluntad; por otro, las mujeres esclavizadas, cuya humanidad era negada y que, por tanto, podían ser tomadas por la fuerza siempre que su dueño así lo quisiera.

Esa hipersexualización, sin embargo, no estaba acompañada de erotización en el mismo sentido que le damos hoy. Conforme se analiza en estudios históricos, la desnudez de las indígenas fue inicialmente leída por los cronistas portugueses como símbolo de inocencia y pureza, y no de sensualidad. Sus “vergüenzas depiladas” y su desnudez desprovista de malicia las aproximaban, en la mirada europea, a criaturas inocentes. Solamente con el avance de la colonización y la resistencia indígena la desnudez pasó a ser asociada con la pobreza, el atraso material y, posteriormente, con el demonio. Las mujeres negras esclavizadas, por su parte, tuvieron sus cuerpos sistemáticamente objetivados.

Este modelo de relación de género fue traído por el europeo. La investigadora de Modernidad/Colonialidad María Lugones (2014) señala que las sociedades precoloniales poseían organizaciones sociales de género distintas e integradas a sus cosmologías y estilos de vida, siendo a veces no binarias. Aunque esto no significara la inexistencia de una diferenciación sexual, la cuestión es que esa diferenciación no necesariamente jerarquizaba ni reducía a las personas a roles específicos.

Las relaciones conyugales eran violentas en varios aspectos. Además de la violencia física, eran comunes el abandono y el desprecio. Había también una violencia patrimonial sistemática. Según la historiadora Mary Del Priore, documentos de procesos de divorcio del siglo XIX muestran que los maridos se apropiaban del dinero obtenido por las esposas con su propio trabajo (puestos de venta, costura, comercio ambulante) bajo la justificación legal de que “de todo lo que tuviera la mujer, la mitad sería del marido”. Un ejemplo paradigmático es el caso de Henriqueta Maria da Conceição, en Río de Janeiro (1848), que pidió la separación alegando que el marido, Rufino Maria Balita, no solamente tomaba sus ganancias, sino que además la cubría de “golpes” cuando ella se atrevía a cuestionarlo, reafirmando la “ley de blanco” que le daba derecho sobre los bienes de la esposa. Casos como este muestran que la violencia de género también estaba económica y legalmente institucionalizada.

La Iglesia ejercía cierto adiestramiento de la sexualidad femenina, vista como causante de diversos males. Asociaban los deseos sexuales femeninos con la brujería y defendían que la inferioridad de las mujeres respecto del hombre las dejaba más susceptibles a los espíritus. Por cargar el peso del pecado original, las mujeres necesitaban tener su sexualidad vigilada muy de cerca. En los tiempos coloniales, se defendía la idea de que la mujer no debía salir de casa, salvo para ir a la iglesia.

Ese control ejercido por la Iglesia iba más allá de la vigilancia moral: alcanzaba directamente el cuerpo femenino. La desnudez era concebida como foco de lujuria y pecado, y las mujeres eran amenazadas con castigos divinos en caso de que usaran escotes o cualquier adorno que despertara el deseo masculino. La mujer bella y vanidosa era vista como instrumento del demonio. Esa violencia simbólica producía un constante estado de vergüenza y autocontrol, en el cual la mujer aprendía a sentirse culpable por su propio cuerpo. En las representaciones religiosas de la época, el justo moría siempre vestido; el pecador, desnudo, asociando la desnudez directamente con la condenación eterna.

La educación femenina estaba dirigida a los principios religiosos y a las tareas domésticas. Aprendían a leer, escribir, cocinar, coser, bordar... El objetivo principal de la educación femenina era entrenarlas para el matrimonio y una vida casta y religiosa. Para garantizar la pureza, las niñas se casaban muy temprano, a partir de los 12 años, con hombres mucho mayores. Pasaban del control del padre al control del marido. Muchas veces el marido dejaba a la esposa en una “casa de recogimiento”, al cuidado del convento, para poder viajar con la seguridad de que ella no cometería el pecado de la carne; sin embargo, ya se produjeron casos en que mujeres fueron abandonadas y confinadas en esos lugares por maridos que ya no las querían. Aunque era común y aceptable que los hombres tuvieran otras mujeres, si sus esposas cometían adulterio ellos tenían permiso legal para matarlas “en defensa del honor”.

El siglo XIX fue el período del cientificismo, y la opresión por el género continuaba, ahora justificada por leyes científicas construidas en la época, que ratificaban la dicotomía entre hombres y mujeres. El hombre era cerebro, inteligencia y emoción; la mujer era corazón y sensibilidad, y las mujeres eran más susceptibles a las enfermedades de la mente.

No fueron pocas las mujeres que terminaron siendo internadas por locura o histeria. La histeria era vista como una enfermedad femenina, que se manifestaba por cambios de humor, por la negativa a la maternidad, por la sexualidad, etc. La maternidad era entendida como una cura para la histeria, puesto que los tratados médicos de la época afirmaban que durante la gestación y la maternidad las crisis de histeria se reducían. Con ello, la idea de maternidad compulsoria se fortalecía a través de los tratados médicos y científicos de la época. Los “tratamientos” para la histeria incluían procedimientos invasivos y violentos, como sangrías en las venas de brazos y piernas, dietas frías a base de caldos de lechuga y alcanfor, y masajes en los riñones y el perineo con ungüentos “refrigerantes” hechos de hierbas. La medicina de la época trataba el deseo sexual femenino como una enfermedad que debía curarse con sufrimiento físico y privaciones. También se recomendaba que las mujeres durmieran solamente de lado, nunca boca arriba, para evitar la “concentración de calor en la región lumbar”, supuestamente causante de deseos impuros.

A finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, con el fin del esclavismo, la modernización y la higienización del país, los hábitos populares pasan a ser observados con atención. Se esperaba que las clases populares ofrecieran una fuerza de trabajo adecuada, pero también disciplinada, siendo las mujeres las más exigidas en cuanto al comportamiento personal. La lógica de comportamiento burguesa venía siendo implantada también entre los trabajadores.

La medicina social determinaba que fragilidad, recato, predominio de la emoción sobre el intelecto, subordinación de la sexualidad y recato eran características biológicamente femeninas. En contrapartida, fuerza física, autoritarismo, racionalidad y sexualidad sin frenos eran características biológicamente masculinas. Así, esas características terminaban justificando la exigencia de sumisión y recato a las mujeres.

A pesar de este cuadro de violencia estructural, las mujeres no fueron meras víctimas pasivas y siempre presentaron resistencia. Muchas mujeres, especialmente las forras (libertas), consiguieron acumular riqueza por medio del pequeño comercio ambulante (las llamadas “negras de tabuleiro” y “quitandeiras”), comprar su libertad y la de sus familiares. Hubo mujeres que recurrieron a la justicia eclesiástica para obtener la separación de cuerpos, alegando malos tratos y adulterio, demostrando habilidad para utilizar las brechas del sistema jurídico a su favor. Otras utilizaron hechicerías amorosas, como lavados de las partes íntimas mezclados con el agua dada a los hombres, o imágenes de santos manipuladas en rituales, como forma de negociación de poder en las relaciones afectivas, mezclando tradiciones africanas, indígenas y europeas. Por tanto, la historia de la violencia contra la mujer en Brasil también es la historia de sus resistencias cotidianas.

Referencias:

FÓRUM BRASILEIRO DE SEGURANÇA PÚBLICA. Retrato dos feminicídios no Brasil. Brasília: FBSP, 2026. Disponible en: https://publicacoes.forumseguranca.org.br/handle/fbsp/291. Consultado el: 06 mayo 2026

PRIORE, Mary Del (org.). História das mulheres no Brasil. 10 Edición, São Paulo: Contexto, 2017.

LUGONES, María. Colonialidad y género. In: MIÑOSO, Yuderkys Espinosa; CORREAL, Diana Gómez; MUÑOZ, Karina Ochoa (Editoras). Tejiendo de otro modo: Feminismo, epistemología y apuestas descoloniales en Abya Yala. Popayán: Editorial Universidad del Cauca, 2014

SENADO, Agência. DataSenado: violência de gênero atinge 3,7 milhões de brasileiras. Brasília: Senado Federal, 2025. Disponible en: https://www12.senado.leg.br/noticias/materias/2025/11/24/datasenado-violencia-de-genero-atinge-3-7-milhoes-de-brasileiras. Consultado el: 06 mayo 2026

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